El viaje de sus vidas: Mi diario de dos semanas inolvidables en Derry
- hace 11 minutos
- 4 min de lectura

El equipaje más pesado es el que se queda en el corazón
Todavía tengo la piel de gallina. Aún resuenan en mi cabeza las risas, los cánticos improvisados y, sobre todo, ese silencio tan especial que se adueñó de nosotros en el aeropuerto de vuelta a Valencia. Un silencio lleno de abrazos apretados, de lágrimas sinceras y de una promesa silenciosa entre ellos: esto no termina aquí.
Cuando los chicos me miraron a los ojos y me dijeron de corazón: "Paola, este ha sido uno de los viajes más bellos de mi vida", sentí que todo el trabajo, los meses de preparación y la responsabilidad constante cobraban un sentido absoluto.
Hoy quiero abrir el diario de estas dos semanas en Derry (Irlanda del Norte) para contaros el viaje de un grupo fantástico de chicos y chicas que se fue de Valencia siendo un conjunto de desconocidos y volvió convertido en una familia.
Día 1: El abismo de la timidez y las maletas llenas de dudas
Retrocedamos dos semanas. Aeropuerto de Manises, Valencia. El hormigueo en el estómago era generalizado. Caras de sueño, miradas de reojo entre los chicos, saludos tímidos y unos padres que, con la mezcla de orgullo y un poquito de vértigo en los ojos, me entregaban lo más valioso que tienen: sus hijos.
Al aterrizar en Derry, el primer día no fue fácil. La barrera del idioma impone, la timidez pesa como el plomo y el cambio de ambiente se nota. Recuerdo perfectamente esas primeras horas en la residencia: los chicos se movían con prudencia, las conversaciones eran en voz baja y el "miedo" a soltarse a hablar en inglés con los monitores locales flotaba en el aire. Es la fase natural de cualquier inmersión, el momento en el que el cerebro se adapta a su nueva realidad.
Pero en mis viajes siempre digo que la magia necesita un par de días para asentarse. Y vaya si se asentó.
La vida en Derry: Entre clases con risas, tardes en la residencia y el clima irlandés
Derry nos recibió con su esencia más pura. En solo dos semanas hemos vivido las cuatro estaciones en un solo día: mañanas de lluvia fina y misteriosa (esa que los locales llaman con cariño "mizzling") que en cuestión de minutos se transformaban en tardes de un sol brillante y limpio sobre las murallas de la ciudad.
Nuestro día a día se convirtió rápidamente en un ritmo de vida maravilloso:
Las mañanas de escuela: Lejos de la rutina pesada de los libros de texto tradicionales, los chicos descubrieron que en Derry las clases son pura interacción. Se debatía, se reía, se jugaba y, casi sin darse cuenta, el "chip" del inglés se activó. Verlos perder el miedo a equivocarse y ganar fluidez a pasos agigantados día tras día ha sido uno de mis mayores orgullos.
La convivencia en la residencia: Es el lugar donde se forjan las verdaderas alianzas. Las charlas nocturnas compartiendo cómo había ido el día, los desayunos juntos y las risas en los pasillos hicieron que la residencia dejara de ser un simple alojamiento para convertirse en nuestro cuartel general, nuestro hogar temporal.
Las excursiones y la aventura: Hemos pisado la mítica Calzada del Gigante bajo el viento atlántico, hemos caminado por las imponentes murallas históricas de Derry, hemos participado en retos urbanos y hemos descubierto rincones que parecen sacados de una película de fantasía. Cada sorpresa en el camino, cada imprevisto y cada tarde de juegos compartidos sumaba un ladrillo más a su unión.
La gran transformación: El estallido de la complicidad
A mitad de la primera semana, algo cambió. La timidez dio paso a la complicidad más absoluta. Los subgrupos desaparecieron por completo para fusionarse en una piña indestructible.
Daba igual el sol o la lluvia; ellos estaban listos para cualquier actividad con una sonrisa enorme. Ver a los más tímidos liderando las dinámicas de grupo, escuchar a todos bromear en inglés con los coordinadores locales y observar cómo se apoyaban unos a otros cuando alguno sentía un poquito de nostalgia de casa, me demostró la increíble calidad humana de este grupo de jóvenes. No solo han aprendido un idioma; han aprendido a convivir, a empatizar, a ser un equipo.
El aeropuerto de vuelta: Lágrimas que hablan por sí solas
Y de repente, llegó el final. El viaje que parecía eterno al principio se nos escurrió entre los dedos. El último día en el aeropuerto de regreso fue el reflejo perfecto de lo que han significado estas dos semanas. Los mismos chicos que el primer día apenas se atrevían a mirarse, estaban allí, sentados en el suelo del aeropuerto, abrazados, cantando juntos a pleno pulmón, llorando sin esconderse porque no querían que esta aventura terminara, porque no querían separarse.
Esas lágrimas no eran de tristeza; eran de agradecimiento por haber vivido algo tan intenso y bonito. Eran la prueba física de que Derry les ha cambiado un poquito para siempre.
Mi viaje, mi pasión y mi mayor agradecimiento
Este proyecto no es solo mi trabajo. www.paolamarmo.com soy yo, es mi nombre, es mi dedicación y es mi forma de entender la vida. Para mí, acompañar a estos chicos no es vigilar un grupo; es vivir la experiencia con ellos, cuidar de su bienestar emocional, celebrar sus pequeños logros diarios y asegurarme de que vuelvan a casa sanos, salvos y con la mente más abierta al mundo.
Por eso, quiero cerrar este diario con un mensaje directo al corazón de quienes habéis hecho esto posible: Gracias, de todo corazón, a cada una de las familias por haber creído en mí.
Gracias por confiarme el cuidado de vuestros hijos, por vuestro apoyo constante desde Valencia y por vuestras palabras de aliento durante estas dos semanas. Vuestra confianza es el motor que me impulsa a seguir diseñando estas experiencias año tras año.
Y a vosotros, chicos y chicas de este maravilloso grupo de Derry: gracias por vuestra energía, vuestra educación, vuestras risas y por haberme regalado uno de los veranos más bonitos de mi vida. Habéis dejado una huella imborrable en Derry y, sobre todo, en mí.
¡Nos vemos en la próxima aventura!
📲 WhatsApp / Teléfono: +34 655487895
